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lunes, 3 de agosto de 2015

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Interrelación de las disciplinas en el Arte Contemporáneo

   


La dialéctica histórica entre la tradición y la revolución ha generado polos de actividad centrados en la especialización de las disciplinas, así como momentos de profunda integración del conocimiento. De esta manera lo hallado en la disección de un oficio, más tarde se vuelve materia prima de un caldo rico en nuevas perspectivas que engendran, a su vez, otras áreas de exploración. 

De la edad media al renacimiento al clasicismo al barroco al neoclasicismo a las vanguardias del siglo veinte podemos rastrear el desarrollo de una cosmovisión que ha conformado al individuo contemporáneo como ese momentum en el que confluye toda la experiencia humana.

La tendencia a la súper-especialización en las diversas disciplinas del conocimiento, fomentada desde mediados de los años cincuenta del siglo pasado hasta la década de los noventa, enfatizó la fractura de una conciencia integral del mundo –en términos de entorno y de realidad subjetiva- y ha sido la base del individualismo que hoy asuela nuestras comunidades. El sentido común, que ahora es el menos común de los sentidos, ha dejado de ser la norma, pues el grado de sensibilización generado por las diversas percepciones tamiza el abordaje de la realidad, privilegiando ciertos valores, que en términos prácticos acaban siendo regidos por las conveniencias de mercado y los hábitos de consumo.

Las artes y las ciencias no están exentas a esta dinámica. Sin embargo, tradicionalmente han caminado hermanadas, nutriéndose mutuamente. La poesía ha nutrido a la música; la literatura a la pintura; a su vez la danza y el teatro han sido motivos pictóricos. Pero más allá de lo fenoménico, de imitar la realidad, o de traducir los temas de una a la otra, hay mucho que las disciplinas en tanto meta-lenguaje y tratamiento que pueden aportar en términos de sinestesia, es decir, la confluencia de sentidos para aprehender una realidad; y de esta manera conocerla, develar, descubrir, entender y apropiar la experiencia estético-filosófica

El arte contemporáneo no sólo se nutre de otras artes, sino de todas las disciplinas del conocimiento a su alcance: la ciencia, la tecnología, la biología, la lingüística, la astronomía, la antropología, la economía, la política, la medicina, la filosofía, las matemáticas, la estadística, la botánica, la metalurgia y cualquier otra tarea que aporte una luz sobre el conocimiento del cosmos y el hombre en él. La estética y el arte –que por otro lado habría que precisar su divorcio histórico- se nutren y atraviesan estos campos, generando lenguajes complementarios, mixtos, cuyo mestizaje ofrece una plasticidad conceptual única en la historia. Ejemplos de ello los tenemos en los edificios inteligentes que combinan la ingeniería de alta especialización con una arquitectura bio-sustentable, la moda, la música fusión, la gastronomía y el performance, por mencionar sólo algunas de las expresiones más visibles dentro de la escena contemporánea.

Para un individuo hoy en día es muy normal acudir a una sala de cine y asimilar el contenido que se le ofrece, o en un día cualquiera estar conectado a una red social, al tiempo que escucha un programa de radio en línea, twittea o comparte en Facebook una opinión o un material audio-visual, habla por teléfono, envía o recibe un correo electrónico, al tiempo que se traslada en un transporte público. Esta multimedialidad nos es transaccionalmente muy accesible, es decir, ya la hemos asumido como parte de nuestra contemporaneidad, de nuestro andamiaje de supervivencia, pero ¿somos conscientes del discurso que generamos al poner en marcha este concierto de fractales? Ignorar la episteme que todo esto entraña nos puede mantener en un nivel de superficialidad sorprendente, de un a-criticismo peligroso, y perdernos de una gran riqueza sensible, emocional, psicológica y hasta espiritual. Evidenciarla, significarla, confrontarla, develarla, es tarea del artista.

El cineasta inglés Peter Greenaway declaró a principios del tercer milenio “el cine ha muerto; viva el cine”. Apunta a que la forma tradicional de transcribir las historias de la novelística decimonónica al séptimo arte, ha caducado. Ha hablado de la tiranía del texto sobre la imagen. Sin embargo, propone la creación de piezas efímeras, únicas e irrepetibles, casi como aquella sátira de Giovani Papini en que retrata al artista de la escultura inmaterial. Pues ya hemos llegado a ese punto. El arte contemporáneo, inaugurado por las post-vanguardias (años 40 del siglo 20) según nos recuerda la crítica Avelina Lesper en su artículo más reciente del 14 de septiembre, La herencia maldita, cuenta ya con una fuerte tradición que le pesa, que, incluso, lo lastra. Pero asistimos a la apertura de la era de la creatividad donde toda esa búsqueda de más de un siglo eclosionará en un nuevo arte de interrelación, no sólo estética, sino política, social, económica e ideológica.

Esta dialéctica que va de la especialización al eclecticismo marca la marcha de la historia del arte entre la revolución y la institución. El individuo crítico debe contar con herramientas de juicio que le permitan conocer el detalle, así como el contexto global de un concepto, una idea, una tendencia, y utilizar su capacidad de síntesis para digerir los diversos discursos que nutren su tesis y extraer de todo ello una propuesta personal. Este viaje de ida y vuelta de lo micro a lo macro y de regreso debería ser la vía de alta velocidad del creador, autor, gestor o artista contemporáneo, como sea que se quiera denominar; curador, crítico, objetor de conciencias… en cuyas estaciones de servicio hace un alto para nutrir sus sentidos del devenir global, al tiempo que depura, en la reflexión íntima un lenguaje propio en el que se reconocen fragmentos de otros lenguajes también, pero decantados.

Otra de las herencias que es necesario asimiliar de la era de la alta especialización es la dilucidación de las fronteras entre los diferentes compartimentos estancos en que se encuentra dividido el conocimiento. Los géneros se mezclan, los límites se diluyen, las hibridaciones y mestizajes resurgen nuevamente enriqueciendo el ADN cultural con expresiones de diversas etnias, ritos, tradiciones y culturas.

Hasta hoy el éxito del trabajo consistía en hallar la información, en tener la respuesta a tiempo. Hasta hace pocos días el juego se llamaba velocidad. Pero ya no basta tenerlo todo a la velocidad de un click. Hoy el juego se llama CREATIVIDAD.

¿Qué haces con todo lo que sabes, con toda la información que tienes a mano? ¿Cómo la procesas? ¿Cómo generas nuevo conocimiento a partir de ello? ¿De qué sirve tener almacenados miles y miles de terabytes de datos inútiles si no los pones a jugar entre sí; si no creas a partir de ellos una nueva realidad?

Cabe aquí la reflexión sobre la reproductibilidad de los contenidos, la revisión y la reinterpretación, caminos muy transitados por el arte actual.

Conferencia introductoria, segundo día por: José Manuel Ruíz Regil

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