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martes, 28 de julio de 2015

La degeneración de los géneros, y la generación de degenerados



“Al visitar una exposición o leer un libro,
uno es el que se expone y también el que se lee”.


Conocer y distinguir los géneros artísticos y sus diferentes registros, me ha permitido disfrutar en profundidad las obras y los fenómenos estéticos, creando una variedad de matices de tono, color, perspectiva y abordaje filosófico que, además de brindarme un enorme placer, me ha dado acceso a valorar en su justa medida -dentro de mis limitaciones- sobretodo, los libros y las exposiciones de arte. ¿Por qué asocio estas dos disciplinas? Porque ambas tienen el común denominador de ser percibidas por el ojo, es decir, leídas, aunque en realidad, podemos leer con los cinco sentidos, es decir, ir más allá del sentido físico y descubrir en las sensaciones y los conceptos un discurso que nos evoque algo más de lo que se presenta: poesía.

Con mucha frecuencia escucho comentarios de amigos, conocidos y otras personas con las que he coincidido en alguna conversación, donde me doy cuenta de que el criterio principal para enfrentarse a una pieza artística es el consabido, pueril y limitado “me gusta” y “no me gusta”. La ligereza con que se aborda el fenómeno no tiene mayor relevancia que el de un programa de entretenimiento televisivo, todo está al servicio de la complacencia del consumidor, si exige cierta interactividad, la pérdida de atención es irremediable; si su lenguaje es críptico, sugiere ciertas referencias o una lectura activa, el rechazo y el desprecio son inminentes. No acabamos de entender (quizá, ni hemos empezado) que la cultura artística no es entretenimiento, sino un discurso paralelo a la realidad que nos ayuda a comprender mejor -o peor- el presente, el pasado y a prefigurar el futuro. 

“Yo no colgaría eso en mi pared”, “No pondría eso en mi sala”, “¡Qué horror!” siguen siendo los juicios que determinan el destino de una obra. Como si no hubiéramos vivido las vanguardias del siglo XX, las rupturas. Seguimos buscando la estética Ray Conniff, sin darnos cuenta de que el mundo en que vivimos ya no es esa burbuja de plástico en la que John Travolta interpretó al joven con inmunosupresión. Tal vez la repulsión hacia la literatura no se note tanto porque, al fin y al cabo, un libro, si no se abre y se lee, es tan inocuo como una cajita de Olinalá.




Recuerdo las excelentes clases que teníamos en la Universidad de la Comunicación (Antes de que fuera UC) con Hilario Arreola. Lo primero que nos dijo en Análisis Cultural, fue “olvídense del me gusta y no me gusta. Más allá de eso ¿qué?”. Otra guía crítica fueron las exposiciones de Emmanuel Carballo en la Escuela de Escritores de la S.O.G.E.M. Invariablemente comenzaba su clase diciendo: “Nos encontramos ante….”, como si aquella pieza literaria de la que nos iba a hablar fuera un cadáver al que se le iba a hacer una autopsia, una pieza arqueológica que estaba a punto de revelar sus secretos de siglos, o un instrumento de complicada ingeniería que habríamos de aprender a manejar con gran minucia. Desde entonces esa exigencia rige mi criterio, y a ello le debo una larga carrera de asombros. 


Cada que tengo oportunidad de hacer la distinción entre los géneros, lo hago. Es una suerte de servicio a la comunidad, con el que veo que algunos abren sus expectativas, ensanchan su tolerancia y se prestan a una discusión más allá de las mojoneras impuestas por la industria cultural (léase, mercado). En principio, para mí, toda expresión creativa tiene un valor en sí misma. De ahí, a valorar sus virtudes estéticas, su tradición o su propuesta, o que sea arte, es otra cosa. 

En mis talleres de lectura, Hablar de libros, insisto mucho en identificar, primero, qué tipo de material es al que se va enfrentar el lector. Si es novela, ficción histórica, cuento, poema (verso libre, blanco, soneto, décima, lira…), antología, trilogía, saga, ensayo (y de qué tipo), teatro (y de qué tipo), mini-ficción, Hai-kú, aforismo, greguería... Esto nos empieza a dar una estructura de pensamiento para poder discutir sobre ello. Saber, al menos, tres de las características de esos géneros nos permite jugar con los autores, ser creativos como lectores, y comprender la hibridación contemporánea sin caer en rigores esclerosantes.


Lo mismo pasa con las exposiciones. No es igual ir al Museo Interactivo de Economía (MIDE), que al Museo Tecnológico; a ver una exposición de pintura de paisaje del siglo XIX al MUNAL, a San Ildefonso a ver una muestra de arte musulmán, a la Colección Jumex o al Museo de la Caricatura. Si bien, cada institución tiene su propia vocación de difusión cultural, hay que comprender el momento histórico por el que está pasando el museo, la ideología que sustenta, los objetivos e intereses que persigue, si son de mera difusión de la tradición o de divulgación científica, social o artística. 


Parece que al gran público le da igual ir a ver la exposición de Yayoi Kusama, que la de Elizabeth Taylor o a Miguel Ángel y Da Vinci. Como si el compromiso fuera únicamente ir, estar, marcar una palomita en el check list de eventos masivos, postear sus selfies y decir sí la vi. Conste que ver no es mirar, para mirar hay que saber, y para saber es preciso pensar, y pensar hoy es un acto poético en sí mismo, pues amenaza la estabilidad social, pero urge.

Detengámonos un segundo a pensar algo tan trivial como ¿Qué ropa te pondrías para ir a una boda, a un picnic o a una comida familiar? ¿Cómo te preparaías para entrevistar a Adal Ramones o a Serrat? ¿Sientes la misma emoción de ir a ver a tu abuelita que a la chica o el chico que te gusta? Esta última pregunta puede causar escalofríos. Los mismos que genera abordar un poema con expectativas narrativas, una película de arte con intenciones de entretenimiento y un best seller en un país de tercer mundo con ojo de filólogo.

No digo con esto que el gusto personal, ese que es resultado del prejuicio, la educación, la cultura mediática y la ilusión de libre albedrío esté desterrado del tema. No. Lo que sí sería bueno es que ese gusto mediatizado, se emancipara de sus condicionantes comerciales y buscara, como la poesía, la palabra esencial, la imagen esclarecedora, el sonido del misterio. Cultura no es antagonista de lo comercial. Al contrario, un cambio que debemos propiciar es que lo cultural sea comercializable, pero ahí entramos en dilemas de propuesta y de mercado. La solución, tener un mercado más educado. 




Detrás de toda obra -y una exposición es una obra en conjunto dirigida por un museógrafo-curador-, tiene una tesis de sustento, o debería tenerla. A veces puede ser algo tan sencillo como mostrar objetos de manera cronológica. Otras veces es mucho más compleja, como hablar del mito de la fraternidad en un recuento de textos de ficción como Los reflejos y la escarcha, de Ignacio Padilla. Hemos tenido el privilegio de disfrutar exposiciones imponentes en Bellas Artes, como la de Picasso o Paz, siendo ambas tan distintas y tan enriquecedoras a la vez, que si las viéramos bajo el mismo criterio, tendríamos que elogiar a una y despreciar otra. Pero gracias a que entendemos que uno es artista plástico y el otro poeta aprendimos el discurso de ambas propuestas, valorando de cada una su congruencia y su lenguaje. Si bien la de Picasso había que verla con los ojos, la de Paz también había que escucharla, pues la palabra suena, y eso hizo cantar la obra plástica que fungió de columna vertebral para el discurso museográfico.

Cuando leemos la biografía de la poeta Guadalupe Amor, escrita por Michael Shuessler, encontramos momentos ensayísticos, fragmentos de poemas, análisis literario, reflexión sociológica, crónica urbana-histórica. Si no vemos todo eso podríamos pensar que tal edición es una mezcla inaudita y farragosa de datos. Sin embargo, hoy las fronteras entre géneros se han machihembrado, y el reto está en saber transitar por ellas con pasaporte de ciudadano del gozo, que no es lo mismo que del placer, pues mientras éste es hedonista, el otro aspira a lo espiritual o trascendente. 

Si leemos Caballo de Troya de J.J. Benitez como quien lee la Biblia, podemos entrar en serios predicamentos morales. Pero si nos damos la oportunidad de saber que la obra de Benitez es ficción -de lo que la Biblia también tiene mucho- disfrutaremos enormemente el viaje imaginario en que el autor nos guía hacia tiempos de Jesús, el profeta.

No es igual leer una exposición como la reciente Tormenta de Mauricio Saenz en Casa Galería, que una muestra de o artesanía en Barro Negro de Oaxaca en el Museo de las Culturas Populares. La primera está catalogada como intervención de arte contemporáneo, lo que sugiere tener cierto antecedente del arte moderno y de la diatriba estética-belleza-concepto-activación de los últimos años; y la otra es un hermosísimo testimonio de la tradición, y del trabajo de una comunidad.

Tal vez sea la comodidad, el hábito de espectadores pasivos, el reflejo del aplauso o la indolencia crasa, lo que nos empuja a tener esta actitud consumista en el arte y la cultura, también. Pero el día que seamos tan exigentes con una sinfónica o un gauche, como lo somos para distinguir cereales en el súper, algo habrá cambiado.

Se nos ha enseñado que el arte es una expresión del espíritu, pero se nos olvida a ratos, que el espíritu está contenido en una carne y que esa carne confronta una serie de vicisitudes económicas, políticas, sociales, ideológicas… La gente todavía busca en el arte actual esa gratificación de los sentidos que le ofrece la pintura de hace más de cien años, la música romántica, el Lago de los cisnes o el Cascanueces. Ese es el rezago conceptual que tenemos en masa. Por eso hoy Van Gogh es uno de los autores más cotizados del mundo. No quiero decir con esto que sólo lo contemporáneo es válido, para nada. Al contrario, sostengo que es indispensable conocer la tradición para valorar lo contemporáneo, ¿y si nos ponemos un poco más al corriente con el calendario? ¿Y si tratamos de vivir, entender, descifrar, discutir en nuestro propio tiempo, el año 2015, aunque no nos guste, aunque tengamos anhelos del siglo de oro, aunque nuestro corazón esté prendado en las novelas del siglo XIX? ¿Y si aprovecháramos las expresiones artísticas como detonadores del pensamiento crítico y nos asomáramos a la realidad, a través de sus espejos? 

Esta degeneración de los géneros, entendida en el sentido de que cultura es perversión, ha generado, asimismo, un público de-generado. Es decir, inmune a los matices, a las provocaciones, a la crítica e incluso hasta al escándalo, quizá, por saturación; tal vez por hartazgo, probablemente por inopia. Entrenado frente a su televisor, que lo único que le pide es la mínima atención para reafirmar los prejuicios que vive a diario, quiere traspolar su actitud cortesana a la sala de ópera, al ballet, o a una muestra de arte contemporáneo y no accede a lo profundo de un acto poético, no se implica ni se compromete con los hallazgos de un compositor, con la tergiversación del fraseo en una danza. Sólo le parece raro y se incomoda, pero no va más allá. Aplaude por imitación y sale del espectáculo dispuesto a cenar, igual de vacío que como entró. No dialoga con su experiencia, no negocia; rechaza y critica con base en su temeraria ignorancia. Le da lo mismo si es cabaret o un cantante de covers del bar de Sanborns. Es ruidito. Música de fondo que lo entretiene. La idea de entretener me ofende. Tener entre es soportar un algo que no se puede soportar a sí mismo mientras transcurre de un lado a otro, de un tiempo a otro, de un espacio a otro, de un pensamiento a otro.. Si necesito que me entretengan o entretenerme, es que no me tengo y preferir estar a ser, porque de otro modo tendría que encargarme de mí mismo, y qué horror. Mejor le endoso mi felicidad a un marcador.

Esto mismo, por otro lado genera también un público especialista, compuesto por una gran minoría de tuertos en país de ciegos, donde sucede todo lo contrario. La mayoría de ellos son pretensos artistas, críticos, ejecutantes mediocres, resentidos del sistema, a los que ninguna propuesta llena sus expectativas, ni cumple con sus exigencias técnicas, conceptuales o de producción. Viven en un idealismo colonizado por sus aspiraciones de clase y se reúnen en guetos que compiten entre sí, en vez de retroalimentarse.


Pero no es el gozo estético de la gran masa, ni el de los intelectuales rancios lo que me preocupa, sino el enriquecimiento progresivo del individuo común, comprometido consigo mismo, que asume, negocia y vence sus taras civiles, religiosas, profesionales, y busca en la experiencia artística una palabra clave, un signo que lo represente, un canto que eleve la voz de su pueblo, su comunidad, su circunstancia, o que haga apología de abstracción y síntesis de un mundo inasible, gaseoso como lo describió Michaux o líquido, como lo ha enunciado Bauman, recientemente.

Por eso antes de ir al Acervo Banamex o al museo de la Tolerancia, preparémonos acerca del género de exposición a la que nos vamos a enfrentar. Antes de leer a Dostoievsky o a Germán Dehesa, pongámonos en los zapatos de un individuo de su época. Antes de asistir a un Concierto de André Rieu o de Polka Madre, internémonos un poco más en las raíces de la música que interpretan y gocemos, con todos los sentidos, la maravillosa experiencia del lenguaje misterioso del arte, con un bagaje esencial que nos de la seguridad de plantarnos en la butaca-escenario de nuestra vida y también gozar de la sorpresa de encontrarnos con las diferencias, las oposiciones, los retos, como quien abraza a un extraño en medio de la multitud, sabiendo que en el fondo, compartimos un mismo origen, y quizá, un mismo destino.




José Manuel Ruiz Regil
Analista Cultural

2 comentarios:

Bea Cármina dijo...

"Pensar hoy es un acto poético en sí mismo, pues amenaza la estabilidad social, pero urge!, nos dice José Manuel Ruíz Regil.
"Pensar hoy es un acto poético en sí mismo, pues amenaza la estabilidad social, pero urge!, nos dice José Manuel Ruíz Regil.
"Pensar hoy es un acto poético en sí mismo, pues amenaza la estabilidad social, pero urge!, nos dice José Manuel Ruíz Regil.
"Pensar hoy es un acto poético en sí mismo, pues amenaza la estabilidad social, pero urge!, nos dice José Manuel Ruíz Regil.
"Pensar hoy es un acto poético en sí mismo, pues amenaza la estabilidad social, pero urge!, nos dice José Manuel Ruíz Regil.
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"Pensar hoy es un acto poético en sí mismo, pues amenaza la estabilidad social, pero urge!, nos dice José Manuel Ruíz Regil.
"Pensar hoy es un acto poético en sí mismo, pues amenaza la estabilidad social, pero urge!, nos dice José Manuel Ruíz Regil.
"Pensar hoy es un acto poético en sí mismo, pues amenaza la estabilidad social, pero urge!, nos dice José Manuel Ruíz Regil.
No podría estar más de acuerdo, y vaya si urge.

Bea Cármina dijo...

"Pensar hoy es un acto poético en sí mismo, pues amenaza la estabilidad social, pero urge!, nos dice José Manuel Ruíz Regil.
"Pensar hoy es un acto poético en sí mismo, pues amenaza la estabilidad social, pero urge!, nos dice José Manuel Ruíz Regil.
"Pensar hoy es un acto poético en sí mismo, pues amenaza la estabilidad social, pero urge!, nos dice José Manuel Ruíz Regil.
"Pensar hoy es un acto poético en sí mismo, pues amenaza la estabilidad social, pero urge!, nos dice José Manuel Ruíz Regil.
"Pensar hoy es un acto poético en sí mismo, pues amenaza la estabilidad social, pero urge!, nos dice José Manuel Ruíz Regil.
"Pensar hoy es un acto poético en sí mismo, pues amenaza la estabilidad social, pero urge!, nos dice José Manuel Ruíz Regil.
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"Pensar hoy es un acto poético en sí mismo, pues amenaza la estabilidad social, pero urge!, nos dice José Manuel Ruíz Regil.
"Pensar hoy es un acto poético en sí mismo, pues amenaza la estabilidad social, pero urge!, nos dice José Manuel Ruíz Regil.
No podría estar más de acuerdo, y vaya si urge.