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miércoles, 29 de marzo de 2017

Peñalta, oráculo del pasado




“La piedra es Dios,
pero no lo sabe;
y es su no saberlo,
lo que la hace piedra”


Meister Eckhardt


“Hay garabatos imposibles escritos en la naturaleza,
hechos, bien por hombres o por demonios”


Roger Caillois


“Dejad al hombre viejo que juegue con las piedras”


Goethe

La relación del hombre con la piedra se remonta a varios miles de años (40,000)  hacia el paleolítico, época en la cual se datan algunas de las primeras pinturas rupestres que expresan cierta forma de organización humana, y nos dan cuenta de actividades como la caza, la guerra y la adoración. Seres míticos quedaron pintados en las rocas, esculpidos o tallados aprovechando la forma original de la piedra.

Las rocas en la cueva son los libros sagrados de la tierra; en ellos se encuentran las huellas de todas las eras desde la creación; huellas que nos transportan, desde la piedra hasta la arenilla y al polvo estelar de donde surge todo; y es por eso que podemos hacernos la siguiente pregunta: ¿Los dibujos en la roca del salvaje son proyecciones del mundo que lo rodeaba o evidencias de lo que ya en la roca existía?



Roger Caillois, poeta francés, encontró en el estudio de las piedras la “mística de la materia”. Halló líneas transversales, nódulos o diagonales que unen a las especies entre sí; recurrencias que sirven de matriz a las formas; vestigios que parecen una escritura que transcribe acontecimientos de millones de años anteriores a los nuestros, un mundo anterior al hombre; como diría Ciorán, “la aurora del planeta”.



La recurrencia a figuras antropomórficas y animales, rostros humanos o huellas, habla de una tendencia natural de nuestra fisiología; algo a lo que Carl Sagan justifica como una técnica de supervivencia ancestral, pues para nuestros antepasados identificar los rostros amigos de los enemigos era una habilidad esencial para no perder la vida.


Existen varias teorías que explican el por qué los seres humanos tendemos a identificar formas conocidas en las nubes, las piedras, entre las ramas de los árboles, y no pocas veces resolvemos que tienen que ver con nuestras experiencias, conocimientos, medio ambiente y expectativas, como lo señala Jeff Hawkins en su teoría de memoria-predicción.



Un estudio científico que se realizó en 2009 demostró que identificar rostros humanos en imágenes confusas provoca una activación de la corteza ventral fusiforme en el cerebro humano, una respuesta que sucede cuando vemos caras reales pero no cuando vemos objetos. Este fenómeno es conocido como Pareidolia, derivada etimológicamente de eidolón: figura o imagen (ídolo), y el prefijo para: junto a. La cara en la superficie del planeta marte, la virgen del metro en la Ciudad de México o las figuras de Piedras encimadas en el estado de Puebla, son casos famosos de este tipo de percepción. También en Chichibu, Japón, a dos horas al noroeste de Tokyo, se encuentra el museo de las piedras que parecen caras, conocido como Chinchekikan, lo que significa “salón de las rocas curiosas”, y alberga alrededor de 1700 piedras que parecen rostros humanos. Algunos recuerdan la cara de Elvis Presley, E.T. Donkey Kong o Nemo.
El artista plástico mexicano Peñalta lleva esta habilidad natural de la corteza cerebral al extremo, y la aprovecha para sumergirse en la historia del cuarzo; desentrañar sus andanzas, evocar sus silencios y descubrir en cada plancha de mármol y ónix con los que trabaja, una historia; no una legada allí por manos humanas, precisamente, sino como buscaba Caillois, una diseñada a base de tiempo, largos procesos de sedimentación y cambios de temperatura, por lo que cada pieza, además de ser la evidencia de un espíritu milenario atrapado en la piedra, es también, un calendario, una estela natural, oráculo del pasado, nostalgia del futuro.

Sus piezas son espejo de nuestro mundo interno, pues ellas revelan rasgos, figuras, líneas, paisajes que se encuentran en el subconsciente que se remite a nuestra memoria mineral, trayendo a la superficie el rostro del miedo en forma de un lucifer enmascarado o en la figura de un monje imprecado; las facciones del terror, a la manera de un Orco amenazante o una profunda mirada diabólica; las líneas del deseo, en la forma de una rolliza matrona que nutre decenas de rostros que maman de sus pechos rebosantes, en la forma de dos amantes que se besan o en la actitud de un monje pederasta; la mirada del nahual que se esconde y se fusiona con el árbol, el gnomo, la sílfide, el hada y la salamandra; la arboleda que entraña una comunidad de seres que conviven desde hace millones de años.

La escritura de la piedra es decodificada por Peñalta, que negocia con la superficie para extraer los personajes que entraña, los dioses, los héroes y las épicas; las diversas narrativas que guarda en su silencio ancestral.


El artista le llama a este trabajo la piel de la piedra y la encuentra rugosa. Y cómo no, si al acercarse a mirarla, tallarla, bruñirla, hendirla o herirla con el óleo, las tintas y otros instrumentos de trabajo salen a flote todos estos sedimentos de historia llenos de intensidad, que dan como consecuencia la definición de rasgos reconocibles para la mente humana. Monstruos que evidencian el vicio espiritual, gestos primitivos que señalan los restos de algún ritual; utensilios chamánicos que guardan su magia en un recuerdo.


Todo juego es ritual; y todo arte es juego, al que Roger Caillois divide en cuatro tipos: El Agon, que es la habilidad física; el Alea, cuando el hombre se abandona a fuerzas que no domina y el resultado no depende de él, a menos de que haga trampa; el Mimicry: cuando el hombre deja de ser quien es para convertirse en otro, o acepta que otro lo convierta, para liberar una parte reprimida de uno mismo. Y por último el Illinx: el vértigo, cuando se abandona al abismo, el que tienta al horror.

Estas cuatro cualidades de juego las encarna el autor, y nos invita como espectadores a hacer lo mismo. Cada uno desde su plataforma cultural, pues si bien el arte es, en principio, un monólogo del artista consigo mismo, también es un diálogo con la piedra y una concurrencia de discursos cuando ésta se abre a captar los referentes de quien la mira.



En ese sentido somos co-creadores de una nueva realidad, pues, como señala el propio autor, “una es la realidad de la piedra y otra la realidad de la obra”; la pieza es naturaleza domeñada; pero a diferencia del arte mimético, aquí el artista funge como un agente revelador de lo que ahí yace, lo mismo que el espectador, éste se convierte en un decodificador de las aguas internas de la piedra: el costillar de un dragón que a la vez es una ribera, una familia de osos jugando con un Xoloitzcuintle, una madre amamantando a su bebé, el rostro de un San Jerónimo Penitente, un fauno, el autorretrato del artista escondido en una esquina.



En medio de esta comunidad de seres y escenas se encuentran trazos, estilos perfiles que evocan creaciones de otros autores y que confluyen en estas planchas del tiempo. Lo mismo un monje medieval con una máscara aborigen, la mirada de un Aluxe, el silencio de una familia de roedores agazapados en la hierba. El rostro bifronte de un mago, las tres edades prendidas de una misma línea que es la eternidad, Eolo difuminado moviéndose en un cielo oleoso donde un feto es desmembrado por la garra de un demonio. Torsos desnudos de hembras rebosantes, senos al aire, rostros, evocaciones simbolistas, realistas, surrealistas. Goya, Schlegel, Freud, Brueghel, El Bosco, Tamayo, Cuevas, Bacon son espíritus cuya influencia se puede detectar en una plancha u otra. Sin embargo, no podemos decir que sean producto de la decisión del autor al 100%, pues en la mayoría de los casos es la veta de la piedra la que determina el trazo, revelando su pasado así como su paso por la historia. Vestigios de una era en la que las figuras del futuro eran prefiguradas, la impronta vibrante de lo que esas figuras fueron en su momento.


Para Peñalta “cada pieza es un nano-segundo en la historia de la piedra”, “ es como subirme a la alfombra mágica del tiempo”. Acompañemoslo a descubrir en estos oráculos no la predicción de un futuro apocalíptico, sino la presencia de un origen que puede ayudarnos a reconfigurar un presente más lúcido y lúdico a la vez.




José Manuel Ruiz Regil (1968) Poeta, cantautor y analista cultural. Ha escrito libros de ensayo creativo sobre diversas expresiones artísticas, con énfasis en las artes plásticas. Ha publicado cuento, poesía y ensayo en diferentes medios físicos y electrónicos como la revista Mexicanísimo, Este País, La Gualdra, El síndrome de Stendhal, Sinembargo.mx y los Blogs Relatos y figuraciones, laboratorio de poesía y El arte de la crítica. Todos en blogspot. Es profesor de cuento y poesía en la Escuela de Escritores. Imparte el taller de creación literaria “Serendipity” en Taller de Arte Coyoacán. Es fundador del proyecto Hablar de libros, taller de lectura y discusión. Sus más recientes libros son Vario mar incesante, aproximaciones a lo irreductible (Ensayo, 2013) y Testamento del caminante (Poesía, 2014). Actualmente, trabaja en su segundo libro de ensayo creativo Para nombrar el asombro, de próxima aparición.

sábado, 5 de noviembre de 2016

Carmina Burana en el Castillo


El 25 de octubre de 2016 asistimos al evento en el Castillo de Chapultepec que organizó Gourmet & Arts, amigos de las artes, invitados por nuestra querida amiga, Miriam Narváez, de Narváez Group.

En la elegante invitación publicó que este evento sería en apoyo a Somepar, la Sociedad Mexicana de Pacientes Renales que Claudia y yo presidimos. Este gesto de generosidad será siempre muy bienvenido, sobretodo, por los pacientes y sus familias que reciben apoyo en especie de acuerdo a sus necesidades. 


Al llegar a las faldas del cerro nos subimos en una elegante camioneta Lincoln blanca, que nos subió hasta el castillo. Pero, ¿de qué se trató el evento en tan majestuoso escenario? Pues de Carmina Burana de Carl Orff, una obra apoteósica, interpretada por la Orquesta y Coro Sinfonieta Mexicana, cuyo director titular y concertador es nada menos que Michael Meissner, quien además de ser multipremiado y reconocido internacionalmente ha restaurado y editado obras de Antonio Vivaldi, José Rolón, Manuel M. Ponce, José Pablo Moncayo Silvestre Revueltas, Antonin Dvorak, Robert Schumann y Manuel De Falla, lo que es mucho decir de un originario del norte de Alemania, pero que ha vivido entre nosotros desde 1990. 

Tiempo suficiente para apropiar el espíritu latinoamericano y dispensar bromas y buen humor como cualquier veracruzano. Además, es director titular de la Orquesta Sinfónica de Cuenca, en Ecuador, lugar del que está enamorado, según el entusiasmo de sus comentarios al respecto. 

La obra de Orff consta de una introducción, tres partes y un final con un total de veinticinco números. Esta versión constituye, junto a Catulli Carmina y el Triunfo de Afrodita la trilogía Triunfis. La obra se compone principalmente de versos en latín, aunque cuenta con fragmentos en alto alemán medio y provenzal antiguo, y son una invitación a la concupiscencia, un canto lascivo que exalta los excesos del cuerpo; pone en primer plano los placeres de la carne y evoca las Saturnales romanas o las Bacanales griegas, donde en torno a las viandas, los cuerpos y las uvas una pequeña comunidad de jóvenes se extasía en una orgía de sentidos. Aproximadamente la mitad de las piezas son canciones cuya melodía se repite en cada estrofa casi sin variantes, limitándose algunas veces a realizar simples escalas mayores o menores. Su riqueza rítmica es, tal vez, la característica más importante. Si escuchamos bien vamos a identificar, por el estilo de los remates, las armonías y los ritmos, alguna influencia de Las Bodas y Edipo Rey de Igor Stravinsky.

 
Y como lo hiciera Oskar Walterlin el 8 de junio de 1937 en la Alte Oper de Francfort del Meno, Meissner desplegó sus encantos para dirigir esta cantata escénica compuesta entre 1935 y 1936, utilizando como texto veinticinco de los poemas medievales de Carmina Burana, una especie de Eclesiastés punk, a mi gusto. Verán por qué.

O Fortuna,
como la luna
cambiante,
siempre creciendo
y decreciendo;
detestable vida
primero oprimes
y luego alivias
a tu antojo;
pobreza
y poder
derrites como el hielo.

Este fragmento de O Fortuna traducido al Español por Jazmina Burana plantea el tono dramático de la obra: “Vanidad de vanidades, ¿qué provecho saca el hombre de todo el esfuerzo que realiza bajo el sol? Nada hay nuevo bajo el sol, dice el Eclesiastés en su capítulo primero. 

O como en la Taberna, en traducción al español de Luperversa.

Algún juego, alguna bebida,
algo que disfruten unos y otros
de aquellos que se quedan a jugar.
Algunos están desnudos,
otros están vestidos,
y otros cubiertos con sacos.
Ninguno teme a la muerte,
y echan suertes en honor a Baco.

Correspondencia ideológica con el capítulo 2 del libro citado: “Ven, te haré experimentar el placer, goza del bienestar, pero esto también es vanidad”. En ambos poemas hay un espíritu de desencanto gozoso, y una exaltación del placer y el vino. Por eso el ritmo y la estridencia a veces, siempre moderada de Primo Vere, Uf dem Anger, In Taberna, Cour d’amours, Blanziflor et Helena y Fortuna Imperatrix Mundi, nos llevan por un viaje interior que conecta con nuestros deseos más profundos, los caprichos, los gozos y los anhelos, inquietando, a través de las percusiones y metales, la armonía unificadora del piano.

 
Las voces de Lizbeth Ochoa, soprano; Edgar Villalba, tenor; y Armando Gama, Barítono, encarnan en diferentes momentos, cuando no se entrelazan, como en la emblemática Tempus est iocundum, piezas de exquisita delicadeza como Chramer, gip die varwe mir (Soprano y coro) , Olim lacus colueram (tenor y coro), o Ego sum abbas (Barítono y coro). Esta agrupación coral se expande en todo su esplendor en Ave formosissima y obviamente en la O Fortuna final.


 
Carl Orff
El nombre que Orff le dio originalmente a este concierto es Cantiones profanae Cantoribus et choris cantandae Comitantibus instrumentis atque imaginibus magicis. En español, esto que suena a encantamiento significa Canciones laicas para cantantes y coreutas para ser cantadas junto a instrumentos e imagenes mágicas, y se ve reflejado en el alegre dramatismo que sobre los timbales imprime su ejecutante, como una hechicera que a través del movimiento de sus brazos y sus varas de poder revuelve en sus calderos percusivos la pócima de la felicidad. La tambora da pasos firmes y acompaña a la melodía en su andar, lo mismo que truena para enfatizar lo provocadora de una frase. Las campanas tubulares y la flauta transversal son un binomio casi contradictorio que genera un efecto electrizante.

 
La Ciudad de México vista desde la altura del cerro del Chapulin es una mancha de luces que no acaba. El aire se filtra por los pasillos del Alcázar, nos eriza la piel, y enfría la nariz. Para ser consecuentes, y entrar un poco en calor, una copa de L.A. Cetto rojo, rosado, blanco o espumoso y canapés. Trocitos de pollo en salsa de cilantro, tostadas con mariscos, sorbete de queso azul con perejil. Estoy seguro que este último se lo acabó el fantasma de Maximiliano, que embozado en una capa de terciopelo rojo, rondaba los pasillos de su antiguo domicilio.



Fotos: Claudia López Vargas.
José Manuel Ruiz Regil (1968) Publicista egresado de la Universidad de la Comunicación (1988-1992). Estudió el Diplomado en Creación literaria en la Escuela de Escritores de la S.O.G.E.M. (1993-1995) Ha publicado cuento, poesía y ensayo en diferentes medios físicos y electrónicos como la revista Mexicanísimo, Este País, La Gualdra, El síndrome de Stendhal, Sinembargo.mx y los Blogs Relatos y figuraciones, laboratorio de poesía y El arte de la crítica. Todos en blogspot. Es profesor de cuento y poesía en la Escuela de Escritores. Imparte el taller de creación literaria “Serendipity” en Taller de Arte Coyoacán. Es fundador del proyecto Hablar de libros, taller de lectura y discusión. Sus más recientes libros son Vario mar incesante, aproximaciones a lo irreductible (Ensayo, 2013) y Testamento del caminante (Poesía, 2014). Actualmente, trabaja en su segundo libro de ensayo creativo Para nombrar el asombro, de próxima aparición.

miércoles, 27 de enero de 2016

Sinfonía del nuevo mundo (Homenaje a mi padre)

                                               “Dormí y soñé que la vida era alegría, 

desperté y vi que la vida era servicio,

serví y vi que en el servicio

se encuentra la alegría”.



Rabindranath Tagore


    
Lic. José Manuel Ruiz Castañeda


Allegro con fuoco

Los chelos con su avance rítmico y certero inundan las ondas hertzianas y anuncian a todo aquel que sintonice la frecuencia la elevada misión que está por realizarse, el sueño de un hombre justo que ha contagiado a otros soñadores el tempo de un trabajo conjunto, a través de una verdadera sinfonía de talentos y de voluntades para construir un mundo nuevo, donde la justicia se parezca a la legalidad y la compasión se convierta en el motor del trabajo.

En la cabina de Radio ABC Internacional, como cada sábado, en punto de las once de la mañana, los profesionales de la norma se preparan para salir al aire a ritmo de los compases de la sinfonía inspiradora de Dvorak.

-Muy buenos días. Este es su programa Bufete Jurídico. Los saluda su servidor y amigo José Manuel Ruiz Castañeda…
El entusiasmo de su director toca a cada uno de los presentes, colaboradores e invitados con su voz; los invita a sentir la responsabilidad de ser guía, luz de libertad en medio de las tinieblas de la opresión, el abuso, el fraude y la violencia; los sintoniza en el canal del servicio, les contagia el júbilo de su mirada y la esperanza de su sonrisa.



  
Ma. Martha Regil de Ruiz (Martita)
Los teléfonos no se hacen esperar. Las líneas, ansiosas de respuestas, se saturan. Martita -mi madre- en el conmutador, pide en secreto casi, a alguien que llama “un segundito por favor… un momento nada más a que pase una llamada al aire y enseguida lo atendemos…” “¿Cuál es su nombre?” Esa voz suave, serena es un remanso para el inquilino que espera, la viuda que se truena los dedos pasándose de un lado a otro la bocina, el heredero que satura la radio con su angustia, el taxista que confía y sigue paso a paso los procedimientos, el patrón que se arrepiente, y la tierra ociosa que espera a que la fertilice un oficio.

 

  

Danza eslava

   
Lic. J. Enrique Regil V. y Lic. J.M. Ruiz Castañeda
      -¡Las mejores ofertas están en Comercial Mexicana!

Hay una sola voz que es muchas voces, porque está llena de todos, y es capaz de vender “pañales para niños desechables” o “trajes para caballero de tres piezas”, luego de haber mandado a un viejo a hacer su testamento hológrafo, y tratar de persuadir a esa mujer para que abandone la idea del divorcio. Pero también es voz que se deja abonar; voluntad ue pide impulso, coraje y fuerza que se comparte y se reparte en torno al micrófono; palabras que llegan y se van, ideas, argumentos espontáneos y creativos que surgen del debate limpio, aguas mansas luego de la turbulencia. 



     
Lic. Diana Barrionuevo Regalado
  

  Contrapunto de voces que armonizan en su diferencia: Diana Barrionuevo, el rigor de la delicadeza y el coraje a toda prueba; los jóvenes de Ciencias de la Comunicación, candidez teórica de los media, tenacidad y deseo de saber, Alicia Gómez Carrera y Luis Francisco Lara López; Fumarolas de sapiencia bajo sombrero de tweed, el Licenciado Núñez Escalante. Mirada rapaz, halcón de buena talla, corazón domado, el Licenciado Don Eugenio Huerta Castro; Quijote del jus, juris, padrino del programa, el Dr. Ignacio Burgoa Orihuela; Camarada cómplice de los sonidos al aire, Toño Estrada, en la consola de sonido, cronista visual de cada hora, el hombre de la lente, Oliverio Rojas. 

-Queremos conocer su punto de vista…-Licenciado ¿alguna opinión? Tenemos como invitado especial a… -¡Bienvenido a su programa…. ¿Qué le pasa, dígame? ¿En qué le puedo servir?

     

 Concierto para violín
   
Lic. Núñez Escalante,  Lic. Dn. Eugenio Huerta Castro
Se erige un edificio de hora y media construido con palabras justas y emociones. Las cuerdas de los violines navegan suavemente por el río de la tarea cumplida y se remontan hacia nuevas incógnitas. El público agradece este foro y le sorprende que haya un lugar donde o escuchan. La próxima semana volverá y hallará amigos, atención, un lugar en medio de la muchedumbre, una mano amiga y una solución a su problema. 
   
Dr Ignacio Burgoa Orihuela

   
Semana a semana hay una nueva voz, un nuevo sonido, un aliento que apoya la melodía de servicio y la gratitud, cimientos de un nuevo tiempo en el que vale la pena crecer, creer y heredar.


   
-Se despide de ustedes su servidor y amigo….-Hasta luego...Buenas tardes. Gracias, muchas gracias.














José Manuel Ruiz Regil.
De "Ratos y relatos"

martes, 8 de diciembre de 2015

Palabrista

Respuesta a Hecho de frases de Óscar de la Borbolla.


Palabrista

Así me he definido desde hace años. Porque mi oficio es cantar y contar. Mi voz se ha ceñido a ciertas ideas e ideales. He disfrutado y sufrido sus misterios “Conceptos, hijo, conceptos”, -decía mi padre. “La vida es cruel y después… te mueres”, confesaba Paco su hallazgo precoz. “Espera de la vida nada, todo lo que llegue es un regalo”. Fue la frase con que me recibió la Universidad. “Siempre hay que estar preparado para el horror”, insistía Ricky Ran en la agencia de publicidad. “La libertad es esa tan querida, como sabe quien por ella da la vida”, mencionó alguna vez Hilario.  “Valor, decisión y cinismo”, profesaba Jack, como las bases del temperamento clásico. “El cine se escribe con verbos”, aconsejaba Ramón Obón en la Escuela de Escritores”. “Me voy a suicidar y regreso”, le oí decir a Óscar de la Borbolla luego de una discusión imposible. “Hay hombres que luchan un día….” de Bertold Brecht. “El futuro es de los inconformes”, Bertrand Russell. “Om mani padme aum”, en la formación holística. “No somos seres humanos viviendo una experiencia espiritual; somos espíritus viviendo una experiencia humana” Es el principio del estudio de la Flor de la vida, de Drunvalo Melkizedek. “El conocimiento es algo que te sirve, mientras que la creencia es algo a lo que tú le sirves”, se lo atribuyo a Osho, y Anthony de Mello y Ramiro Calle y Terencio y Montaigne.

Estas y otras frases por el estilo me han formado, conformado y deformado a lo largo de mi búsqueda por encontrar una voz propia.

José Manuel Ruiz Regil.

domingo, 9 de agosto de 2015

Crónica de la Inauguración de Donde termina el cielo en Fundación Sebastián


Foto Salomón Cohen
El jueves 6 de agosto de 2015 a partir
de las 7.30 p.m. se abrieron las inmensas puertas azules de Fundación Sebastián en Avenida Patriotismo 304, colonia San Pedro de los Pinos, para recibir a los visitantes a la exposición de co-individualidades Donde termina el cielo, en la que cuatro artistas contemporáneos montaron un diálogo estético a partir de sus piezas, cada una de una disciplina distinta. Miguel Morales (video-fotografía), Eduardo Caamaño (pintura), Eduardo Romo (escultura) y Héctor Murrieta (música). 

   
Maqueta Eduardo Romo
Cruzando el umbral del gran salón en que se encuentra la exposición permanente de Enrique Carbajal -una suerte de “Mundo Feliz” de muros altos tapizados con fotografías de gran formato del autor con diversas personalidades del mundo arte, la política y la sociedad-, pasamos al espacio meramente expositivo, donde lo primero que se ve al fondo es “Columna jónica”, de Eduardo Romo, una torre de cinco metros conformada por módulos cúbicos de madera ensamblables, y rematada por una estructura horizontal. Esta pieza forma parte de su reciente veta “Obra negra”, que el autor explota con hallazgos sorprendentes. Prueba de ello son las dos piezas seleccionadas en la bienal Femsa/Monterrey, 2014. En esta serie, Eduardo se propone rescatar los procesos, elementos, herramientas y manías del trabajo arquitectónico-albañileril, y estetizarlas, al tiempo que da un valor esencial a aquello que suele ser efímero (las estructuras de apoyo, las cimbras, los polines que habrán de desaparecer una vez se termine la obra).

    
 El trazo museográfico nos hace mirar de inmediato al centro del espacio para descubrir “Estructura cúbica”, la transcripción de un dibujo o boceto en un espacio tridimensional. Esta pieza materializa los trazos de apoyo que indican las líneas de fuga donde se intersectan las aristas del cubo en un espacio físico. Al estar en este punto uno se da cuenta de que está rodeado por estampas de la ciudad que nos remiten de inmediato a sitios muy reconocibles dentro de la urbe, nuestro espacio natural. Al recorrer los óleos de Eduardo Caamaño, el ojo viaja de la Roma a Congreso de la Unión, de Pedregal, a la Merced, de Tacuba a Reforma a Chapultepec al Centro. Estos óleos de mediano formato están agrupados bajo el título “Bajo el cielo”. Entre ellos un solo dibujo a mano alzada de la Plaza Tolsá, sirve de contrapunto técnico.


   

En la segunda sala se encuentran los collages fotográficos de Miguel Morales, “La prioridad del concreto”, unos tableros de nueve fotografías aéreas que retratan la colonización de la tierra mercantilizada, las parcelas que reparten el derecho de todos en propiedad de algunos. Lo mismo da si estos paraísos de concreto son creación de inmobiliarias, que del desmadrado ánimo de sobrevivencia de los desplazados del centro a las periferias. A vuelo de pájaro, se aprecia muy bien la depredación inútil de estos complejos, y el daño ecológico que la necesidad de expansión produce a las tierras de cultivo y a sus mismos habitantes, pues la ilusión de tener los abisma en un territorio yermo que no acaba de satisfacer las necesidades de sustentabilidad. A ras de piso, yace la estructura “cimbra”, de Romo, bifurcando el camino de los paseantes a izquierda y derecha con esa cuchilla posible.

   

Hacia el fondo, rodeado de piezas de Sebastián que rompen absolutamente el discurso estético de estos tres artistas plásticos, corre el video donde continúa “la prioridad del concreto”, en la que se ve en movimiento, desde un helicóptero, la animación de lo que nos anticiparon las fotos.
Entre una sala y otra ya deambulan caras conocidas. Esta muestra ha logrado atraer el interés de artistas, colegas de generación, estudiosos del fenómeno contemporáneo, críticos, curiosos, criticones, amigos, periodistas solidarios con la difusión y comprometidos con la labor cultural que tanta falta hace que se vuelva cotidiana y fuente de reflexión en esta sociedad acrítica, dominada por los medios al servicio de la ignorancia.

    

A la voz de “amigos, pido su atención, por favor…” toma la palabra la señora Alma Guevara, secretaria de Sebastián desde hace treinta años, para darnos la bienvenida y disculpar al maestro anfitrión, que habíamos visto momentos antes, pero que no pudo estar para la inauguración. Le sigue Romo, quien había cambiado ya su atuendo por un elegante traje color hueso, para agradecer la presencia de los asistentes, después Caamaño, que porta unos elegantes lentes obscuros, tipo Matrix, y finalmente, Héctor Murrieta, que explica la dinámica que se seguirá en breve, para presentar su música en este contexto plástico. Morales ha salido de cuadro, pues sabemos que a él no le atraen los reflectores.

   
Foto Mara Arteaga.
En un un ángulo del salón, justo entre el óleo del Edificio Balmori y el Hotel Reforma, ya está dispuesto el equipo musical de Murrieta, quien seguro de que ha llegado suficiente público, y se ha dado al menos una vuelta por todo el espacio, brindando con su tinto, blanco o refresco, comienza la interpretación de su guitarra eléctrica con piezas de Jacob TV, Elliot Sharp, Tristan Murail, Alex Shapiro, y de él mismo, al tiempo que se apagan las luces del lugar para proyectar imágenes sincronizadas, sobre el muro poniente, subrayado por los óleos de Caamaño.
    

A este punto del evento la música de Murrieta amalgama la solidez y elegancia de las piezas de Romo, la contemplación de las esquinas, los puentes y cruceros de Caamaño, y el vértigo depredador de la denuncia de Morales. A media luz se distinguen las siluetas de Carlos Jaurena Ross, artista plástico; Claudia López Vargas, co-directora de Arte Duro; Carlos Bustamante, director de la revista Cronopio, donde se publicó la entrevista a los autores; Federico Aguilar, Médico Veterinario; Daniel Castaño, Ingeniero B.Q. Elizabeth Hernández, Neuroinvestigadora; Gabriel Romo, productor audiovisual; Gabriel y María José Machado, Galeristas; René Freire, pintor;  
   

Alice Gómez, comunicóloga, y su hija Karen, estudiante de Arquitectura; Antonio Espinoza, crítico; Rodrigo Ayala, pintor; Cecilia Rodarte, fotógrafa; Serioshka Hellmund y Tessy Pinelo Nava; Ariane Fernández, Dora Hagerman, coreógrafa; Consuelo Serrano, Carlos Santos Coy, 
   
Manuel Zavala Alonso, Director de Artes e Historia México; Andrea Aymes de la CuevaIris Atma, performance; Javier Saavedra Valdés, pintor; Liliana Ede, Eugenia Chellet, artista plástica; Débora Lewinson, artista; Rosa Aurora Garzagonzalez Vélez; Miguel Ángel Gadner, pintor; Salomón Cohen, Director de arte; Carmina Canavino, cantante; Hugo Rosell de Café Sur; Enrique Yezik, artista plástico; Miguel Murguía, artista; Francisco Paz Cervantes, pintor; JerryBoy DevarsErnesto Álvarez, escultor; Gerardo Marañon,  Alfonso Villarreal, Galerista; Artemio MoralesAmitla Cuacuas, artista plástico; Lourdes Ortiz, Tatiana Zapata, Juan M R, Martha Emilia Lozano Moreno
     

Miguel Ángel Garrido, pintor; Ricardo, Marco, Alfredo y Gerardo Herrera;  Alfredo Mc Kelligan, Relaciones Públicas, Cronopio; Haydeé Hernández y sus hijos Soemi y Víctor Rubén; Alicia Echegaray, Eduardo Recendis, Brenda Estrada Acosta, Jefa de Arte y Diseño, Cronopio; Sergio Carlos Martínez Díaz, promotor cultural; Fátima Sanders, Emilia y Fiona Romo, Emma y Bruno; 
   
Carlos Morales, amigos y familiares de los expositores, que asistieron a este evento para constatar las propuestas más recientes de estos cuatro autores, que han construido una trayectoria sólida, comprometida y elocuente, y que hoy entrelazan sus voces para hacer una reflexión en torno a nuestro medio ambiente más próximo.
   

La exposición seguirá abierta hasta el 28 de agosto, y se pueden concertar visitas guiadas con los autores. Además, para quienes no tuvieron oportunidad de asistir este jueves, habrá un brindis de clausura. Manténganse informados.

Para leer el texto de presentación ir a Ciudad desnuda.




José Manuel Ruiz Regil
Analista cultural
Arte Duro Gallery Curators & Dealers.

lunes, 3 de agosto de 2015

¿Estás list@ para la próxima pregunta?


Interrelación de las disciplinas en el Arte Contemporáneo

   


La dialéctica histórica entre la tradición y la revolución ha generado polos de actividad centrados en la especialización de las disciplinas, así como momentos de profunda integración del conocimiento. De esta manera lo hallado en la disección de un oficio, más tarde se vuelve materia prima de un caldo rico en nuevas perspectivas que engendran, a su vez, otras áreas de exploración. 

De la edad media al renacimiento al clasicismo al barroco al neoclasicismo a las vanguardias del siglo veinte podemos rastrear el desarrollo de una cosmovisión que ha conformado al individuo contemporáneo como ese momentum en el que confluye toda la experiencia humana.

La tendencia a la súper-especialización en las diversas disciplinas del conocimiento, fomentada desde mediados de los años cincuenta del siglo pasado hasta la década de los noventa, enfatizó la fractura de una conciencia integral del mundo –en términos de entorno y de realidad subjetiva- y ha sido la base del individualismo que hoy asuela nuestras comunidades. El sentido común, que ahora es el menos común de los sentidos, ha dejado de ser la norma, pues el grado de sensibilización generado por las diversas percepciones tamiza el abordaje de la realidad, privilegiando ciertos valores, que en términos prácticos acaban siendo regidos por las conveniencias de mercado y los hábitos de consumo.

Las artes y las ciencias no están exentas a esta dinámica. Sin embargo, tradicionalmente han caminado hermanadas, nutriéndose mutuamente. La poesía ha nutrido a la música; la literatura a la pintura; a su vez la danza y el teatro han sido motivos pictóricos. Pero más allá de lo fenoménico, de imitar la realidad, o de traducir los temas de una a la otra, hay mucho que las disciplinas en tanto meta-lenguaje y tratamiento que pueden aportar en términos de sinestesia, es decir, la confluencia de sentidos para aprehender una realidad; y de esta manera conocerla, develar, descubrir, entender y apropiar la experiencia estético-filosófica

El arte contemporáneo no sólo se nutre de otras artes, sino de todas las disciplinas del conocimiento a su alcance: la ciencia, la tecnología, la biología, la lingüística, la astronomía, la antropología, la economía, la política, la medicina, la filosofía, las matemáticas, la estadística, la botánica, la metalurgia y cualquier otra tarea que aporte una luz sobre el conocimiento del cosmos y el hombre en él. La estética y el arte –que por otro lado habría que precisar su divorcio histórico- se nutren y atraviesan estos campos, generando lenguajes complementarios, mixtos, cuyo mestizaje ofrece una plasticidad conceptual única en la historia. Ejemplos de ello los tenemos en los edificios inteligentes que combinan la ingeniería de alta especialización con una arquitectura bio-sustentable, la moda, la música fusión, la gastronomía y el performance, por mencionar sólo algunas de las expresiones más visibles dentro de la escena contemporánea.

Para un individuo hoy en día es muy normal acudir a una sala de cine y asimilar el contenido que se le ofrece, o en un día cualquiera estar conectado a una red social, al tiempo que escucha un programa de radio en línea, twittea o comparte en Facebook una opinión o un material audio-visual, habla por teléfono, envía o recibe un correo electrónico, al tiempo que se traslada en un transporte público. Esta multimedialidad nos es transaccionalmente muy accesible, es decir, ya la hemos asumido como parte de nuestra contemporaneidad, de nuestro andamiaje de supervivencia, pero ¿somos conscientes del discurso que generamos al poner en marcha este concierto de fractales? Ignorar la episteme que todo esto entraña nos puede mantener en un nivel de superficialidad sorprendente, de un a-criticismo peligroso, y perdernos de una gran riqueza sensible, emocional, psicológica y hasta espiritual. Evidenciarla, significarla, confrontarla, develarla, es tarea del artista.

El cineasta inglés Peter Greenaway declaró a principios del tercer milenio “el cine ha muerto; viva el cine”. Apunta a que la forma tradicional de transcribir las historias de la novelística decimonónica al séptimo arte, ha caducado. Ha hablado de la tiranía del texto sobre la imagen. Sin embargo, propone la creación de piezas efímeras, únicas e irrepetibles, casi como aquella sátira de Giovani Papini en que retrata al artista de la escultura inmaterial. Pues ya hemos llegado a ese punto. El arte contemporáneo, inaugurado por las post-vanguardias (años 40 del siglo 20) según nos recuerda la crítica Avelina Lesper en su artículo más reciente del 14 de septiembre, La herencia maldita, cuenta ya con una fuerte tradición que le pesa, que, incluso, lo lastra. Pero asistimos a la apertura de la era de la creatividad donde toda esa búsqueda de más de un siglo eclosionará en un nuevo arte de interrelación, no sólo estética, sino política, social, económica e ideológica.

Esta dialéctica que va de la especialización al eclecticismo marca la marcha de la historia del arte entre la revolución y la institución. El individuo crítico debe contar con herramientas de juicio que le permitan conocer el detalle, así como el contexto global de un concepto, una idea, una tendencia, y utilizar su capacidad de síntesis para digerir los diversos discursos que nutren su tesis y extraer de todo ello una propuesta personal. Este viaje de ida y vuelta de lo micro a lo macro y de regreso debería ser la vía de alta velocidad del creador, autor, gestor o artista contemporáneo, como sea que se quiera denominar; curador, crítico, objetor de conciencias… en cuyas estaciones de servicio hace un alto para nutrir sus sentidos del devenir global, al tiempo que depura, en la reflexión íntima un lenguaje propio en el que se reconocen fragmentos de otros lenguajes también, pero decantados.

Otra de las herencias que es necesario asimiliar de la era de la alta especialización es la dilucidación de las fronteras entre los diferentes compartimentos estancos en que se encuentra dividido el conocimiento. Los géneros se mezclan, los límites se diluyen, las hibridaciones y mestizajes resurgen nuevamente enriqueciendo el ADN cultural con expresiones de diversas etnias, ritos, tradiciones y culturas.

Hasta hoy el éxito del trabajo consistía en hallar la información, en tener la respuesta a tiempo. Hasta hace pocos días el juego se llamaba velocidad. Pero ya no basta tenerlo todo a la velocidad de un click. Hoy el juego se llama CREATIVIDAD.

¿Qué haces con todo lo que sabes, con toda la información que tienes a mano? ¿Cómo la procesas? ¿Cómo generas nuevo conocimiento a partir de ello? ¿De qué sirve tener almacenados miles y miles de terabytes de datos inútiles si no los pones a jugar entre sí; si no creas a partir de ellos una nueva realidad?

Cabe aquí la reflexión sobre la reproductibilidad de los contenidos, la revisión y la reinterpretación, caminos muy transitados por el arte actual.

Conferencia introductoria, segundo día por: José Manuel Ruíz Regil

miércoles, 29 de julio de 2015

martes, 28 de julio de 2015

La degeneración de los géneros, y la generación de degenerados



“Al visitar una exposición o leer un libro,
uno es el que se expone y también el que se lee”.


Conocer y distinguir los géneros artísticos y sus diferentes registros, me ha permitido disfrutar en profundidad las obras y los fenómenos estéticos, creando una variedad de matices de tono, color, perspectiva y abordaje filosófico que, además de brindarme un enorme placer, me ha dado acceso a valorar en su justa medida -dentro de mis limitaciones- sobretodo, los libros y las exposiciones de arte. ¿Por qué asocio estas dos disciplinas? Porque ambas tienen el común denominador de ser percibidas por el ojo, es decir, leídas, aunque en realidad, podemos leer con los cinco sentidos, es decir, ir más allá del sentido físico y descubrir en las sensaciones y los conceptos un discurso que nos evoque algo más de lo que se presenta: poesía.

Con mucha frecuencia escucho comentarios de amigos, conocidos y otras personas con las que he coincidido en alguna conversación, donde me doy cuenta de que el criterio principal para enfrentarse a una pieza artística es el consabido, pueril y limitado “me gusta” y “no me gusta”. La ligereza con que se aborda el fenómeno no tiene mayor relevancia que el de un programa de entretenimiento televisivo, todo está al servicio de la complacencia del consumidor, si exige cierta interactividad, la pérdida de atención es irremediable; si su lenguaje es críptico, sugiere ciertas referencias o una lectura activa, el rechazo y el desprecio son inminentes. No acabamos de entender (quizá, ni hemos empezado) que la cultura artística no es entretenimiento, sino un discurso paralelo a la realidad que nos ayuda a comprender mejor -o peor- el presente, el pasado y a prefigurar el futuro. 

“Yo no colgaría eso en mi pared”, “No pondría eso en mi sala”, “¡Qué horror!” siguen siendo los juicios que determinan el destino de una obra. Como si no hubiéramos vivido las vanguardias del siglo XX, las rupturas. Seguimos buscando la estética Ray Conniff, sin darnos cuenta de que el mundo en que vivimos ya no es esa burbuja de plástico en la que John Travolta interpretó al joven con inmunosupresión. Tal vez la repulsión hacia la literatura no se note tanto porque, al fin y al cabo, un libro, si no se abre y se lee, es tan inocuo como una cajita de Olinalá.




Recuerdo las excelentes clases que teníamos en la Universidad de la Comunicación (Antes de que fuera UC) con Hilario Arreola. Lo primero que nos dijo en Análisis Cultural, fue “olvídense del me gusta y no me gusta. Más allá de eso ¿qué?”. Otra guía crítica fueron las exposiciones de Emmanuel Carballo en la Escuela de Escritores de la S.O.G.E.M. Invariablemente comenzaba su clase diciendo: “Nos encontramos ante….”, como si aquella pieza literaria de la que nos iba a hablar fuera un cadáver al que se le iba a hacer una autopsia, una pieza arqueológica que estaba a punto de revelar sus secretos de siglos, o un instrumento de complicada ingeniería que habríamos de aprender a manejar con gran minucia. Desde entonces esa exigencia rige mi criterio, y a ello le debo una larga carrera de asombros. 


Cada que tengo oportunidad de hacer la distinción entre los géneros, lo hago. Es una suerte de servicio a la comunidad, con el que veo que algunos abren sus expectativas, ensanchan su tolerancia y se prestan a una discusión más allá de las mojoneras impuestas por la industria cultural (léase, mercado). En principio, para mí, toda expresión creativa tiene un valor en sí misma. De ahí, a valorar sus virtudes estéticas, su tradición o su propuesta, o que sea arte, es otra cosa. 

En mis talleres de lectura, Hablar de libros, insisto mucho en identificar, primero, qué tipo de material es al que se va enfrentar el lector. Si es novela, ficción histórica, cuento, poema (verso libre, blanco, soneto, décima, lira…), antología, trilogía, saga, ensayo (y de qué tipo), teatro (y de qué tipo), mini-ficción, Hai-kú, aforismo, greguería... Esto nos empieza a dar una estructura de pensamiento para poder discutir sobre ello. Saber, al menos, tres de las características de esos géneros nos permite jugar con los autores, ser creativos como lectores, y comprender la hibridación contemporánea sin caer en rigores esclerosantes.


Lo mismo pasa con las exposiciones. No es igual ir al Museo Interactivo de Economía (MIDE), que al Museo Tecnológico; a ver una exposición de pintura de paisaje del siglo XIX al MUNAL, a San Ildefonso a ver una muestra de arte musulmán, a la Colección Jumex o al Museo de la Caricatura. Si bien, cada institución tiene su propia vocación de difusión cultural, hay que comprender el momento histórico por el que está pasando el museo, la ideología que sustenta, los objetivos e intereses que persigue, si son de mera difusión de la tradición o de divulgación científica, social o artística. 


Parece que al gran público le da igual ir a ver la exposición de Yayoi Kusama, que la de Elizabeth Taylor o a Miguel Ángel y Da Vinci. Como si el compromiso fuera únicamente ir, estar, marcar una palomita en el check list de eventos masivos, postear sus selfies y decir sí la vi. Conste que ver no es mirar, para mirar hay que saber, y para saber es preciso pensar, y pensar hoy es un acto poético en sí mismo, pues amenaza la estabilidad social, pero urge.

Detengámonos un segundo a pensar algo tan trivial como ¿Qué ropa te pondrías para ir a una boda, a un picnic o a una comida familiar? ¿Cómo te preparaías para entrevistar a Adal Ramones o a Serrat? ¿Sientes la misma emoción de ir a ver a tu abuelita que a la chica o el chico que te gusta? Esta última pregunta puede causar escalofríos. Los mismos que genera abordar un poema con expectativas narrativas, una película de arte con intenciones de entretenimiento y un best seller en un país de tercer mundo con ojo de filólogo.

No digo con esto que el gusto personal, ese que es resultado del prejuicio, la educación, la cultura mediática y la ilusión de libre albedrío esté desterrado del tema. No. Lo que sí sería bueno es que ese gusto mediatizado, se emancipara de sus condicionantes comerciales y buscara, como la poesía, la palabra esencial, la imagen esclarecedora, el sonido del misterio. Cultura no es antagonista de lo comercial. Al contrario, un cambio que debemos propiciar es que lo cultural sea comercializable, pero ahí entramos en dilemas de propuesta y de mercado. La solución, tener un mercado más educado. 




Detrás de toda obra -y una exposición es una obra en conjunto dirigida por un museógrafo-curador-, tiene una tesis de sustento, o debería tenerla. A veces puede ser algo tan sencillo como mostrar objetos de manera cronológica. Otras veces es mucho más compleja, como hablar del mito de la fraternidad en un recuento de textos de ficción como Los reflejos y la escarcha, de Ignacio Padilla. Hemos tenido el privilegio de disfrutar exposiciones imponentes en Bellas Artes, como la de Picasso o Paz, siendo ambas tan distintas y tan enriquecedoras a la vez, que si las viéramos bajo el mismo criterio, tendríamos que elogiar a una y despreciar otra. Pero gracias a que entendemos que uno es artista plástico y el otro poeta aprendimos el discurso de ambas propuestas, valorando de cada una su congruencia y su lenguaje. Si bien la de Picasso había que verla con los ojos, la de Paz también había que escucharla, pues la palabra suena, y eso hizo cantar la obra plástica que fungió de columna vertebral para el discurso museográfico.

Cuando leemos la biografía de la poeta Guadalupe Amor, escrita por Michael Shuessler, encontramos momentos ensayísticos, fragmentos de poemas, análisis literario, reflexión sociológica, crónica urbana-histórica. Si no vemos todo eso podríamos pensar que tal edición es una mezcla inaudita y farragosa de datos. Sin embargo, hoy las fronteras entre géneros se han machihembrado, y el reto está en saber transitar por ellas con pasaporte de ciudadano del gozo, que no es lo mismo que del placer, pues mientras éste es hedonista, el otro aspira a lo espiritual o trascendente. 

Si leemos Caballo de Troya de J.J. Benitez como quien lee la Biblia, podemos entrar en serios predicamentos morales. Pero si nos damos la oportunidad de saber que la obra de Benitez es ficción -de lo que la Biblia también tiene mucho- disfrutaremos enormemente el viaje imaginario en que el autor nos guía hacia tiempos de Jesús, el profeta.

No es igual leer una exposición como la reciente Tormenta de Mauricio Saenz en Casa Galería, que una muestra de o artesanía en Barro Negro de Oaxaca en el Museo de las Culturas Populares. La primera está catalogada como intervención de arte contemporáneo, lo que sugiere tener cierto antecedente del arte moderno y de la diatriba estética-belleza-concepto-activación de los últimos años; y la otra es un hermosísimo testimonio de la tradición, y del trabajo de una comunidad.

Tal vez sea la comodidad, el hábito de espectadores pasivos, el reflejo del aplauso o la indolencia crasa, lo que nos empuja a tener esta actitud consumista en el arte y la cultura, también. Pero el día que seamos tan exigentes con una sinfónica o un gauche, como lo somos para distinguir cereales en el súper, algo habrá cambiado.

Se nos ha enseñado que el arte es una expresión del espíritu, pero se nos olvida a ratos, que el espíritu está contenido en una carne y que esa carne confronta una serie de vicisitudes económicas, políticas, sociales, ideológicas… La gente todavía busca en el arte actual esa gratificación de los sentidos que le ofrece la pintura de hace más de cien años, la música romántica, el Lago de los cisnes o el Cascanueces. Ese es el rezago conceptual que tenemos en masa. Por eso hoy Van Gogh es uno de los autores más cotizados del mundo. No quiero decir con esto que sólo lo contemporáneo es válido, para nada. Al contrario, sostengo que es indispensable conocer la tradición para valorar lo contemporáneo, ¿y si nos ponemos un poco más al corriente con el calendario? ¿Y si tratamos de vivir, entender, descifrar, discutir en nuestro propio tiempo, el año 2015, aunque no nos guste, aunque tengamos anhelos del siglo de oro, aunque nuestro corazón esté prendado en las novelas del siglo XIX? ¿Y si aprovecháramos las expresiones artísticas como detonadores del pensamiento crítico y nos asomáramos a la realidad, a través de sus espejos? 

Esta degeneración de los géneros, entendida en el sentido de que cultura es perversión, ha generado, asimismo, un público de-generado. Es decir, inmune a los matices, a las provocaciones, a la crítica e incluso hasta al escándalo, quizá, por saturación; tal vez por hartazgo, probablemente por inopia. Entrenado frente a su televisor, que lo único que le pide es la mínima atención para reafirmar los prejuicios que vive a diario, quiere traspolar su actitud cortesana a la sala de ópera, al ballet, o a una muestra de arte contemporáneo y no accede a lo profundo de un acto poético, no se implica ni se compromete con los hallazgos de un compositor, con la tergiversación del fraseo en una danza. Sólo le parece raro y se incomoda, pero no va más allá. Aplaude por imitación y sale del espectáculo dispuesto a cenar, igual de vacío que como entró. No dialoga con su experiencia, no negocia; rechaza y critica con base en su temeraria ignorancia. Le da lo mismo si es cabaret o un cantante de covers del bar de Sanborns. Es ruidito. Música de fondo que lo entretiene. La idea de entretener me ofende. Tener entre es soportar un algo que no se puede soportar a sí mismo mientras transcurre de un lado a otro, de un tiempo a otro, de un espacio a otro, de un pensamiento a otro.. Si necesito que me entretengan o entretenerme, es que no me tengo y preferir estar a ser, porque de otro modo tendría que encargarme de mí mismo, y qué horror. Mejor le endoso mi felicidad a un marcador.

Esto mismo, por otro lado genera también un público especialista, compuesto por una gran minoría de tuertos en país de ciegos, donde sucede todo lo contrario. La mayoría de ellos son pretensos artistas, críticos, ejecutantes mediocres, resentidos del sistema, a los que ninguna propuesta llena sus expectativas, ni cumple con sus exigencias técnicas, conceptuales o de producción. Viven en un idealismo colonizado por sus aspiraciones de clase y se reúnen en guetos que compiten entre sí, en vez de retroalimentarse.


Pero no es el gozo estético de la gran masa, ni el de los intelectuales rancios lo que me preocupa, sino el enriquecimiento progresivo del individuo común, comprometido consigo mismo, que asume, negocia y vence sus taras civiles, religiosas, profesionales, y busca en la experiencia artística una palabra clave, un signo que lo represente, un canto que eleve la voz de su pueblo, su comunidad, su circunstancia, o que haga apología de abstracción y síntesis de un mundo inasible, gaseoso como lo describió Michaux o líquido, como lo ha enunciado Bauman, recientemente.

Por eso antes de ir al Acervo Banamex o al museo de la Tolerancia, preparémonos acerca del género de exposición a la que nos vamos a enfrentar. Antes de leer a Dostoievsky o a Germán Dehesa, pongámonos en los zapatos de un individuo de su época. Antes de asistir a un Concierto de André Rieu o de Polka Madre, internémonos un poco más en las raíces de la música que interpretan y gocemos, con todos los sentidos, la maravillosa experiencia del lenguaje misterioso del arte, con un bagaje esencial que nos de la seguridad de plantarnos en la butaca-escenario de nuestra vida y también gozar de la sorpresa de encontrarnos con las diferencias, las oposiciones, los retos, como quien abraza a un extraño en medio de la multitud, sabiendo que en el fondo, compartimos un mismo origen, y quizá, un mismo destino.




José Manuel Ruiz Regil
Analista Cultural